Investigadores de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), junto con profesionales de la Asociación para la Gestión de la Integración Social (GINSO), analizan los factores que pueden ayudar a reducir la reincidencia entre adolescentes que han cometido delitos. Sus trabajos ponen el foco en cuestiones modificables, como el consumo de drogas, el vínculo con adultos de referencia, la situación educativa, el autocontrol, las relaciones sociales y la construcción de un proyecto de futuro.

Las investigaciones muestran que comprender por qué un adolescente vuelve a delinquir exige mirar más allá de su expediente judicial. El delito cometido es relevante, pero no explica por sí solo qué circunstancias precedieron a la conducta, qué cambios se produjeron durante el cumplimiento de la medida judicial ni qué factores pueden favorecer posteriormente la reinserción.
Álvaro Fernández-Moreno y David Roncero, investigadores de la Universidad Francisco de Vitoria, y Carlos Benedicto, investigador y coordinador técnico de GINSO, coinciden en una idea: intervenir con adolescentes infractores no significa minimizar la gravedad del delito ni reducir su responsabilidad.
La intervención busca actuar sobre problemas concretos que pueden aumentar el riesgo de reincidencia, como el consumo de drogas, las dificultades escolares, los conflictos familiares, la influencia de grupos antisociales, la impulsividad, determinadas actitudes de riesgo o la ausencia de expectativas de futuro. “Trabajar con el infractor es la mejor manera de prevención posterior”, resume Carlos Benedicto desde su experiencia en centros de ejecución de medidas judiciales.
Más allá del historial delictivo: una intervención adaptada a cada perfil
Un estudio sobre reincidencia en adolescentes con delitos graves y un elevado consumo de drogas, firmado por Álvaro Fernández-Moreno, Natalia Redondo Rodríguez y José Luis Graña Gómez, analizó la evolución de 95 jóvenes que habían cumplido una medida judicial de internamiento.
Los resultados mostraron que cerca de dos de cada tres adolescentes no volvieron a delinquir durante el año posterior. El dato apunta a que la reinserción es posible cuando la intervención se adapta al perfil, las circunstancias y las necesidades de cada menor.
El historial judicial influye, pero no determina por sí solo la evolución posterior. También resulta relevante lo que sucede durante y después de la medida: si el joven reduce el consumo, mejora su situación educativa, modifica su relación con el grupo de iguales, encuentra apoyo en figuras adultas o comienza a construir una alternativa viable fuera del centro.
Álvaro Fernández-Moreno diferencia entre factores estáticos y factores dinámicos. Los primeros forman parte de la trayectoria pasada y ya no pueden modificarse, como los delitos previos, la edad de inicio, las medidas judiciales anteriores o determinadas experiencias personales.
Los factores dinámicos, en cambio, sí pueden abordarse mediante la intervención. Entre ellos se encuentran el consumo de drogas, la educación, las relaciones familiares, el grupo de iguales, el ocio, el autocontrol, las actitudes y el proyecto vital. “Esos factores, tanto estáticos como dinámicos, aumentan la probabilidad de delinquir, pero no determinan el futuro del adolescente”, explica el investigador.
El consumo de drogas, un factor de riesgo dentro de una realidad más compleja
El consumo de drogas ocupa un lugar relevante en varias de las investigaciones, aunque los especialistas advierten de que no puede entenderse como una explicación única. En muchos casos, el consumo aparece al mismo tiempo como un factor de riesgo y como el síntoma de una situación más amplia. Puede comenzar vinculado al ocio, al grupo de iguales o a la búsqueda de evasión y terminar desempeñando una función concreta en la vida del adolescente. “La droga es un síntoma”, señala Álvaro Fernández-Moreno.
Según el investigador, el consumo puede utilizarse para aliviar el malestar, mantener determinados hábitos o facilitar la integración en un entorno. Sin embargo, cuando se consolida, también puede dificultar procesos necesarios para el cambio, como asumir responsabilidades, mantener rutinas, tomar decisiones o proyectarse hacia el futuro.
Desde esta perspectiva se desarrolla el Programa de Intervención Educativa y Terapéutica para el Consumo de Drogas en Menores Infractores (PIETCD), una intervención grupal compuesta por 27 sesiones de 90 minutos que combina estrategias cognitivo-conductuales con herramientas de psicología positiva.
Otro estudio, firmado por Álvaro Fernández-Moreno, Natalia Redondo Rodríguez y José Luis Graña Gómez, relaciona una mejor evolución en el tratamiento del consumo con la ausencia de reincidencia y con variables como el nivel educativo, la interiorización de los contenidos del programa y la relación con el grupo de iguales.
La importancia del vínculo y la implicación personal
Los investigadores subrayan que asistir a un programa no implica necesariamente que se haya producido un cambio. La evolución depende también del grado de implicación del adolescente y de su capacidad para integrar lo trabajado durante la intervención. “El vínculo te lo tienes que ganar”, afirma Álvaro Fernández-Moreno.
La intervención no comienza únicamente con la aplicación de una técnica. Requiere establecer una relación que permita generar confianza y hacer compatible el acompañamiento con la exigencia y la responsabilidad. Desde la práctica profesional, Carlos Benedicto añade otra clave: “Lo primero que tenemos que hacer es movilizar a los chavales”.
Muchos adolescentes no interpretan inicialmente su trayectoria como un problema. “A veces, el menor considera que el error no es haber delinquido, sino que le hayan pillado”, explica. Por este motivo, antes de trabajar habilidades concretas, resulta necesario favorecer la motivación, el reconocimiento del daño, la confianza en el proceso y la construcción de alternativas de futuro.
En este contexto, la psicología positiva se utiliza como una herramienta para reforzar recursos personales, autoeficacia, orientación al futuro y capacidad de participación en el propio proceso de cambio. Su objetivo no es justificar ni minimizar las conductas, sino favorecer que el adolescente desarrolle nuevas herramientas para asumir responsabilidades y avanzar.
Ira, agresión y violencia: conceptos diferentes
David Roncero plantea una distinción relevante para comprender la violencia juvenil: sentir ira, reaccionar con agresividad y ejercer violencia no son fenómenos equivalentes. La ira es una emoción. La agresión es una conducta. La violencia constituye una forma especialmente dañina de agresión, en la que puede existir una intención de causar daño, ejercer control o alcanzar un objetivo.
Esta diferenciación permite comprender por qué no todas las conductas violentas responden a las mismas causas ni requieren la misma intervención. Algunas agresiones se producen “en caliente” y están vinculadas a la frustración, la rabia o la impulsividad. Otras se desarrollan “en frío” y utilizan la violencia de forma instrumental para conseguir un beneficio, imponer una posición o controlar una situación.
Cuando la conducta agresiva está vinculada a la ira, la intervención se orienta hacia la regulación emocional, el control de la respuesta impulsiva y la toma de decisiones en situaciones de elevada activación. Cuando la agresión tiene un carácter instrumental, el trabajo se centra en la empatía, la comprensión del daño causado, la responsabilidad y la búsqueda de conductas alternativas.
Realidad virtual y nuevas herramientas para la intervención
La innovación tecnológica también forma parte de estas líneas de investigación como apoyo al trabajo educativo y terapéutico. Un metaanálisis firmado por David Roncero, Román D. Moreno-Fernández y Álvaro Fernández-Moreno revisó once estudios sobre intervenciones con realidad virtual, en los que participaron 479 personas. Los trabajos analizados observaron reducciones significativas en agresión, ira e impulsividad.
Los autores, no obstante, piden cautela. Las investigaciones presentan metodologías heterogéneas y todavía existen pocos estudios con grupo de control. La realidad virtual puede contribuir a recrear situaciones de frustración, conflicto o provocación dentro de un entorno seguro y controlado. Sin embargo, no sustituye al profesional ni garantiza por sí sola la eficacia de una intervención. Otra de las herramientas analizadas es el uso de pruebas de detección de consumo dentro de programas de manejo de contingencias.
Un estudio publicado en Frontiers in Psychology, firmado por Álvaro Fernández-Moreno, David Roncero y Román D. Moreno-Fernández, observó que la participación en este tipo de programas se asociaba con una menor proporción de recaídas en el consumo de drogas y, de manera específica, de cannabis. “El manejo de contingencias es saber premiar, saber corregir y ser modelo de conducta”, resume Álvaro Fernández-Moreno.
Del riesgo a los factores de protección
Los expertos señalan que la prevención de la violencia también debe abordar cuestiones como los modelos de masculinidad y las actitudes sexistas. Un estudio firmado por David Roncero, Álvaro Fernández-Moreno y Carlos Benedicto evaluó un programa de relaciones igualitarias dirigido a adolescentes varones que cumplían una medida judicial de internamiento.
Los resultados mostraron una reducción significativa de las actitudes de sexismo hostil y benevolente entre los jóvenes que presentaban niveles iniciales más elevados. La conclusión coincide con el enfoque general de estas investigaciones: las intervenciones deben adaptarse al perfil de riesgo y a las necesidades concretas de cada adolescente. No todos los jóvenes llegan al sistema judicial por las mismas circunstancias ni requieren la misma respuesta.

En una línea relacionada, otra investigación firmada por Álvaro Fernández-Moreno, Herminia Cid García, Román D. Moreno-Fernández y David Roncero analizó el impacto de una intervención humanista dirigida a jóvenes migrantes en situación de vulnerabilidad.
El estudio observó mejoras en autonomía, sentido de vida, apoyo social percibido y autoconcepto. Sus resultados refuerzan la importancia del acompañamiento, la formación y las redes de apoyo como factores de protección frente a procesos de exclusión.
Desde GINSO recuerdan que los centros de ejecución de medidas judiciales cuentan con equipos integrados por educadores, psicólogos, trabajadores sociales y otros profesionales que acompañan a los adolescentes durante el cumplimiento de la medida.
Su trabajo no elimina la responsabilidad ni borra el daño causado. Busca reducir la probabilidad de que el delito vuelva a producirse y favorecer que el joven pueda construir una trayectoria diferente. La sanción establece un límite. La intervención educativa y terapéutica trata de convertir ese límite no solo en una consecuencia, sino también en una oportunidad real de cambio.


