La formación de un médico no termina en aprender a diagnosticar, interpretar pruebas o elegir un tratamiento. En la consulta también aparecen preguntas que no se resuelven solo con conocimiento técnico: cómo comunicar una mala noticia, cómo acompañar a una familia angustiada, cómo deliberar ante una decisión al final de la vida o cómo actuar cuando no existe una respuesta completamente segura.
En una medicina cada vez más tecnológica, especializada y sometida a presión asistencial, la dimensión humana de la práctica clínica vuelve a ocupar un lugar central. En ese contexto se sitúa una investigación que analiza el programa de Humanidades Médicas de la Universidad Francisco de Vitoria como una propuesta formativa para preparar a futuros médicos ante el sufrimiento, la incertidumbre y la relación con el paciente.
El trabajo estudia cómo este programa, integrado a lo largo de los seis cursos del Grado en Medicina, se alinea con InspirE5, un marco internacional diseñado para describir, comparar y evaluar la presencia de las humanidades en la formación de profesionales sanitarios.
“La medicina necesita una competencia técnica excelente, pero esa competencia no basta por sí sola para cuidar bien. El médico se encuentra con personas que sufren, con familias que preguntan y con decisiones difíciles que no siempre pueden resolverse mediante un protocolo”, explica Santiago Álvarez Montero, coautor del estudio y vicedecano de Formación Integral de la Facultad de Medicina de la UFV.
La ciencia médica permite curar más, pero no elimina la vulnerabilidad
El avance biomédico ha permitido diagnósticos más precisos y tratamientos más eficaces. Sin embargo, ese progreso también puede fragmentar la mirada sobre el paciente. Una enfermedad no afecta solo a un órgano ni se agota en un indicador clínico: irrumpe en una biografía, modifica relaciones familiares, genera miedo y obliga a tomar decisiones en momentos de especial fragilidad.
La práctica médica contemporánea exige ciencia, pero también juicio, comunicación, escucha y capacidad para interpretar situaciones humanas complejas. No se trata de contraponer tecnología y humanización, sino de formar profesionales capaces de integrar ambas dimensiones.
Diana Monge Martín, autora de correspondencia del artículo y vicedecana de Investigación, Innovación y Educación Médica de la Facultad de Medicina de la UFV, lo formula así: “Las Humanidades Médicas amplían la mirada del futuro médico. Ayudan a preguntarse quién es la persona que tengo delante, cómo vive su enfermedad y qué significa acompañarla en un momento de incertidumbre”.
Aprender a cuidar no puede quedar para el final
Uno de los elementos más relevantes del modelo analizado es que las Humanidades Médicas no aparecen como una asignatura aislada, una actividad optativa o un complemento extracurricular. Según la investigación, forman parte de un programa obligatorio y longitudinal, distribuido durante los seis años del Grado en Medicina.

El itinerario incluye materias y actividades vinculadas a epistemología, antropología, ética, bioética, historia, psicología, medicina forense, seminarios humanísticos, competencias personales y profesionales, mentorías y experiencias de contacto con pacientes.
El enfoque del programa busca favorecer la construcción de la identidad profesional del futuro médico desde los primeros cursos hasta la etapa clínica.
Fernando Caballero Martínez, coautor del trabajo y decano de la Facultad de Medicina de la UFV, subraya que “formar médicos no consiste solo en transmitir conocimiento, sino también en ayudarles a construir una identidad profesional. Y esa identidad se forma cuando el estudiante aprende a pensar qué significa cuidar, cómo se decide prudentemente y qué responsabilidad implica estar ante una persona enferma”.
Decidir cuando no hay respuestas simples
En la práctica clínica real, muchas decisiones no se producen en condiciones ideales. Puede faltar información, existir presión emocional, aparecer conflictos de valores o surgir desacuerdos entre el paciente, la familia y el equipo sanitario.
Por eso, el programa formativo de la UFV trabaja capacidades como la deliberación ética, la escucha, la interpretación de perspectivas, la comunicación, la tolerancia a la ambigüedad y la atención centrada en la persona.
Estas dimensiones resultan especialmente relevantes en escenarios cotidianos: comunicar un diagnóstico grave, acompañar un proceso de cuidados paliativos, valorar hasta dónde continuar un tratamiento, respetar la voluntad del paciente o sostener una conversación difícil con una familia.
El modelo InspirE5 identifica once capacidades de la formación humanística en salud, entre ellas la autorreflexión, la observación atenta, el diálogo, la valoración de la narrativa del paciente, la respuesta relacional y la centralidad de la persona. Según el análisis, el programa de la UFV se alinea de forma amplia con esas capacidades.
“La incertidumbre forma parte de la medicina real”, plantea Álvarez Montero. “Por eso es importante que el estudiante aprenda a habitar situaciones complejas, a dialogar, a reconocer límites y a tomar decisiones prudentes sin perder de vista a la persona concreta que tiene delante”.
Cine, arte, escritura reflexiva y pacientes reales
La propuesta docente combina clases, grupos reducidos, mentorías, escritura reflexiva, simulaciones clínicas, seminarios interdisciplinares, voluntariado y experiencias vinculadas a cuidados paliativos y salud comunitaria. También incorpora recursos como el cine, las artes visuales, la narrativa de enfermedad y encuentros con pacientes que comparten su experiencia.
El programa incluye actividades orientadas a trabajar la comunicación clínica, la deliberación ética, la toma de decisiones compartida y la reflexión sobre el sufrimiento. También recurre a películas, series, role-playing y seminarios sobre episodios históricos en los que la medicina fue utilizada con fines contrarios a la dignidad humana, como la práctica médica durante el nazismo.
Según Diana Monge, “el cine, el arte o la escritura reflexiva permiten entrar en dimensiones de la enfermedad que no siempre aparecen en una historia clínica. Ayudan al estudiante a reconocer emociones, valores, miedos, relatos personales y conflictos que forman parte de la relación asistencial”.
Otro eje del modelo es el contacto temprano y progresivo con la experiencia de los pacientes. El estudio recoge sesiones de storytelling con personas que narran su vivencia de la enfermedad, el Congreso PXPday “The Patient Experience”, prácticas en cuidados paliativos, voluntariado y experiencias comunitarias. La narrativa del paciente no sustituye a la evidencia científica, pero ayuda a comprender cómo una decisión médica se encarna en una vida concreta.
“El paciente no es simplemente el portador de una enfermedad. Es alguien que interpreta lo que le sucede, que teme, espera, decide y necesita ser acompañado. La formación médica debe preparar al estudiante para esa relación”, añade Caballero Martínez.
La huella en la práctica clínica, el reto pendiente
El análisis se realiza a partir de InspirE5, desarrollado en el entorno de la Association for Medical Humanities y AMEE para orientar la integración y evaluación de las humanidades en la formación de profesionales sanitarios.
La investigación se basa en un diseño cualitativo, descriptivo-interpretativo, apoyado en el análisis de documentos institucionales, guías docentes, materiales de enseñanza, resultados de aprendizaje e informes internos de evaluación de los cursos académicos entre 2018 y 2023.

El trabajo no pretende demostrar que los estudiantes formados con este modelo atiendan mejor a los pacientes ni que produzcan mejores resultados clínicos. Su aportación es más precisa: describe y evalúa la coherencia de un currículo de Humanidades Médicas integrado durante toda la carrera y lo pone en relación con un marco internacional de referencia.
Los propios autores señalan que futuras investigaciones deberán analizar cómo este tipo de formación influye en los valores profesionales, la relación médico-paciente y la atención clínica a lo largo del tiempo.
“El siguiente reto es estudiar qué huella deja esta formación cuando el estudiante se convierte en médico y se enfrenta a la práctica clínica real”, apuntan los investigadores. “Queremos comprender cómo estas experiencias educativas pueden influir en su forma de escuchar, deliberar y acompañar a los pacientes”.
En una medicina cada vez más tecnológica y especializada, ese interrogante adquiere un sentido particular: formar profesionales capaces de curar cuando sea posible, aliviar cuando sea necesario y acompañar siempre a quienes atraviesan situaciones de sufrimiento, incertidumbre y vulnerabilidad.


