Una de las ideas centrales de la entrevista concedida al vicerrectorado de investigación de la UFV es su rechazo a la imagen de la bioética como obstáculo o muro de contención.
Durante mucho tiempo, explica, “se ha entendido la ética como algo que llega al final para poner límites o para frenar lo que la ciencia quiere hacer”. Su planteamiento es muy distinto.
Para Postigo, la bioética debe formar parte del propio trabajo científico. La ética, sostiene, tiene que guiar también el obrar del investigador. No debe aparecer cuando todo está ya en marcha. Tiene que acompañar la investigación desde dentro. No como una moral impuesta desde fuera, porque eso sería moralismo, sino como una forma de pensar mejor lo que se hace, para qué se hace y a quién puede afectar.
Esa es también la visión que intenta transmitir a sus alumnos. La idea no es que el científico se enfrente a una corrección externa cuando el proceso ya ha terminado, sino que sea capaz de “pensar éticamente desde su propio trabajo científico y tecnológico y de orientarlo al servicio de la persona y del bien común”, subraya la experta.
Esa mirada cambia el enfoque. La cuestión, insiste, no es el miedo a la tecnología. Es la responsabilidad con la que se usa. Quien investiga trabaja hoy con herramientas de un poder extraordinario. Por eso tiene que preguntarse por el bien que busca, por el daño que podría causar y por el sentido de su trabajo. En esa lógica, la bioética no debilita la ciencia. Le da profundidad, dirección y criterio.
Postigo pone un ejemplo claro. La edición génica con finalidad terapéutica mediante CRISPR/Cas9 puede abrir aplicaciones valiosas para la medicina. Pero no es lo mismo intervenir en línea somática que hacerlo en línea germinal o embrionaria.
En este segundo caso, explica, las consecuencias pueden ser imprevisibles y afectar de forma grave a la integridad del ser humano. Ahí la reflexión es primero científica, porque obliga a valorar riesgos reales, y también ética, porque debe orientar el desarrollo de la investigación.