“En tercero de carrera, tuve la oportunidad de irme de misiones y desde entonces vuelvo cada año. Creo en verdad, que en la etapa universitaria el corazón grita y desea hacer esta experiencia.
Siempre compruebo cómo la misión me hace más humana. Es entrar en cada casa -ya per sé terreno sagrado-, con el corazón arrodillado ante la intimidad del otro, que además muchas veces te es confiada y debe ser custodiada en lo profundo del corazón. En la cárcel, en medio del hacinamiento y pobreza más brutales, entre el sufrimiento y la soledad más palpables, descubrí una presencia callada, sufriente y amante de Dios. Y cuán consoladora es la escucha.
En definitiva, la misión es un ponerse a tiro, y amar a tantos, madres, enfermos, presos, niños, ancianos… tantos rostros y miradas en las que me encuentro también con Otro, -Dios-, que habita en cada uno.”