“Tenía catorce años cuando una amiga me invitó a pasar el verano en un pueblecito al norte de España para ayudar en la reconstrucción de unas casas deterioradas. Dejé la ciudad, el ruido, el anonimato, para adentrarme en un mundo totalmente desconocido para mí, donde el contacto con la gente, la solidaridad y la ayuda mutua formaban parte de lo común, lo habitual. Esa experiencia cambió mi manera de enfrentarme al mundo, de mirarlo. Más tarde, cuando di clases en la Universidad, fui consciente de la importancia que tenía para los universitarios una formación que pasara por conocer el mundo e implicarse en primera persona para intentar cambiarlo.
Lo que se enseña en las aulas universitarias tiene el peligro de convertirse en conocimientos puramente teóricos, pretendía que mis estudiantes hicieran vida lo que habían aprendido en mis clases de Antropología y Responsabilidad Social. De nada me servía que supieran las cifras o los datos de la pobreza, salud o de la educación a nivel mundial, si eso suponía una mera cifra aprendida. Yo quería enseñarles esos rostros, quería hacerles entender que detrás de cada uno de esos datos hay seres humanos, dolor, sufrimiento y que esa experiencia les hiciera implicarse y convertirse en agentes de cambio
Siempre vuelvo herida de estos viajes, pero ese dolor no me hace perder la fe en las personas, todo lo contrario, cada día creo más en ellas, en su grandeza, en su capacidad para volver a empezar, en su fuerza, en su valor. Cada vez mi deseo de cambiar esta realidad se hace más imperioso. Intocables, enfermos, leprosos, indigentes, drogadictos, pobres, locos, hambrientos, todos ellos son mis maestros, mi inspiración. Algún día, como decía Muhammad Yunus, la pobreza no tendrá cabida en nuestra sociedad y estará en el sitio que le corresponde: en los museos, para recordarnos la situación de crueldad que hemos sido capaces de mantener durante siglos. Mientras ese día llega prometo no olvidar, volver siempre, no abandonar. ”