Ormuz
El conflicto con Irán está afectando al estrecho de Ormuz y, con ello, al tránsito comercial, tanto de petróleo como de otras mercancías esenciales para la economía internacional. De esa manera, el cierre del estrecho de Ormuz, no es un evento regional, es un shock sistémico de gran impacto sobre el comercio mundial, la energía y, en consecuencia, sobre el crecimiento.
Ormuz no es un paso cualquiera. Por él transita aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo. Es, por tanto, una arteria crítica del sistema económico global. Su bloqueo implica, de forma casi automática, una contracción de la oferta efectiva de crudo en los mercados internacionales. Y cuando la oferta de un bien esencial se restringe bruscamente, el resultado es conocido: un aumento significativo de precios.
El primer canal de transmisión es, por tanto, energético. Un encarecimiento abrupto del petróleo se traslada a toda la estructura de costes de la economía. El transporte —marítimo, terrestre y aéreo— se encarece, elevando los costes logísticos de prácticamente cualquier bien. La industria intensiva en energía ve deteriorados sus márgenes. Finalmente, el consumidor soporta el impacto vía inflación, especialmente en un contexto en el que sigue habiendo abundante liquidez en los mercados por parte de los bancos centrales. Así, se reduce el poder adquisitivo de los hogares y se contrae el consumo. Es, en esencia, un deterioro de renta real.
Comercio
El segundo canal es el comercio internacional. El aumento de los costes de transporte y la incertidumbre geopolítica generan una contracción del volumen comercial. Las cadenas de suministro, ya tensionadas en los últimos años, vuelven a fragmentarse. Las empresas reaccionan retrasando inversiones, acumulando inventarios o buscando rutas alternativas más costosas e ineficientes.
Aquí emerge un efecto relevante: la desglobalización forzada. No como una decisión estratégica, sino como una reacción defensiva ante el riesgo. Esto implica menor especialización, menor eficiencia y, en última instancia, menor crecimiento potencial.
Finanzas
El tercer canal es financiero. Los mercados reaccionan con aversión al riesgo. Suben las primas, cae la inversión y se refugia el capital en activos considerados seguros. Para economías altamente endeudadas —como la española— esto no es menor: encarece la financiación y reduce el margen de maniobra fiscal.
En el caso de España, además, el impacto es doblemente delicado. Como economía importadora neta de energía, el encarecimiento del crudo y la apreciación del dólar -divisa en la que se realiza el mayor número de transacciones de petróleo- deteriora la balanza por cuenta corriente y presiona a los precios. Y como economía de servicios, dependiente del consumo y del turismo, sufre especialmente la pérdida de renta real de los hogares europeos, que reducirán sus compras -las exportaciones españolas- y viajarán menos a España, con el impacto negativo en la rama de actividad turística, tan importante para la economía española. Este efecto podría verse parcialmente mitigado por la recepción de viajeros que cambien destinos en Oriente Próximo por España, si bien la pérdida de poder adquisitivo de los ciudadanos de nuestros principales mercados emisores de turistas no deja de tener un impacto negativo.
Conviene subrayar un punto que suele olvidarse: estos shocks no son simétricos. No afectan a todos por igual ni se corrigen automáticamente. Los países más flexibles, con mercados laborales menos rígidos y menor carga regulatoria, tienden a adaptarse mejor. Aquellos que son más rígidos estructuralmente—como es el caso de España— pueden ver intensificado el impacto.