La alimentación emocional se caracteriza por una alimentación que no nace de una necesidad fisiológica, sino de una necesidad emocional que se gestiona por medio de comida.
Cuando una persona con tendencia a la alimentación emocional o en atracones (como estrategia ante circunstancias o sentimientos adversos) es demasiado perfeccionista el patrón se invierte. Es decir, el IMC disminuye.
“La alimentación emocional tiene una relación directa con el índice de masa corporal (IMC), pero también con el perfeccionismo y sus dimensiones”, concluye Carlos Marchena, investigador de la UFV.
Estos factores deben tenerse en cuenta en la prevención de la obesidad y los programas de pérdida de peso. “Las diversas dimensiones del perfeccionismo deben ser consideradas a la hora de diseñar e implementar programas de prevención e intervención de los trastornos alimentarios”, afirman los investigadores.